10 de agosto de 2016

Estaría todo bien

Exhalo. Si ahora, si en este preciso momento me muriera,
estaría bien.
Estaría todo bien.
Alargo la mano. Cojo la cámara: ¡click!







































Cierro los ojos.
Si se terminara aquí
habría estado todo bien.
Todo bien.
Abro los ojos. Encuadro. ¡Click!











































Me tumbo descalza sobre la tierra.
Si esto fuera todo,
si ya no hubiera nada más
estaría todo bien.
La cámara mira hacia lo que miran los ojos. ¡Click!


































































Y ¡click!



¡Click!







































¡Click!



























¡Click!



























Y ¡click!
















5 de mayo de 2016

Si es que empieza, si es que acaba.

i ea f
Si esa fre flo
Si esta frae floe
Si esta frase, floce
Si esta frase, a, floce c u
Si esta frase, lea a, florce co u
Si esta frase, leta a la, florece coo u
Si esta frase, letra a lea, florece como una f
Si esta frase, letra a letra, florece como una flor,
explota a la luz
para preguntar
dónde empieza y donde acaba
–si es que empieza, si es que acaba–
la acción que designa el verbo florecer

















































4 de mayo de 2016

Pentagrama

La tormenta se esfumó
pero dejó escrita su música en un pentagrama de latidos.




5 de octubre de 2015

Degenerar la escalada


La curvatura de mis caderas golpea vaivenes violentos sobre su vientre pasivo y redondo. Lentamente, impulsada por 
la cadencia de mi respiración, le bailo su silueta en espiral y hacia arriba. Vertical y violencia. Aparatos de metal. Perforo 
su piel con saña y suspendo mi vida de su sangre, sus relieves, las asperezas que le crecen en las concavidades del cuerpo 
mineral. Con los ojos cerrados, ella se deja hacer. Muerdo sus párpados con mis muelas. Luego me detengo y me abandono 
un instante en un charco de ternura. La miro dócil y le acaricio los pómulos con pequeños besos sedantes y empatía. 
Y sigo: metro a metro, lametón a lametón, le hago el amor a la roca. Al pollón de roca. Desde la tierra raíz hasta su cumbre aire.  


Los rasguños de los dedos de las manos y las magulladuras de las rodillas. Los brazos ligeramente hinchados de movimiento. 
Los párpados vacíos. Entre la tierra raíz y la cumbre aire, esos son todos los cambios que puedo encontrar en mi cuerpo. 
Y sin embargo, se supone que después de seis años siendo macho, ahora vuelvo a ser hembra: cuenta la leyenda que cada vez 
que alcanzas la cima del Cavall Bernat de Montserrat, cambias de sexo. Y esta ha sido mi segunda vez.


Tetas + vagina + curvas = hembra (y por encima, sin siquiera considerar que pudieran existir otras opciones, mujer).
El sexo. La etiqueta que se me coloca cuando mi cuerpo es leído por las miradas.


Por las venas, por el tejido intersticial que envuelve a mis fibras musculares, por la mielina que rodea a mis nervios: las 
raíces que emiten las palabras se cuelan hacia el interior de mi cuerpo. Algunas sílabas resisten al tiempo enquistadas 
debajo de la piel. Los giros sintácticos esculpen la curvatura de algunos de mis huesos. El sexo: la etiqueta que ejecuto 
a través de los significados inconscientes que incorporo a las palpitaciones de mis vísceras. Sacudo mis brazos y mis piernas 
para soltar los vocablos que significan mi cuerpo. Por lo demás, qué importarían las etiquetas enganchadas a mi piel 
si me resultara posible desnudarme completamente de ellas y ser con amplitud.


Sacudo mis brazos y mis piernas para soltar los vocablos que significan mi cuerpo. Razono las sensaciones y arranco la piel 
del andamiaje invisible sobre el que se construye mi animal natural cuerpo. Y sigo intentando expandir el uso que hago de 
mis caderas, el concepto que abarcan las palabras y las formas de las partes de mi cuerpo, la manera en la que gira mi timidez, 
el impacto de mi dulce agresividad y la violencia de una sonrisa que, poco a poco, aprende a ladrar en una tierra intermedia 
a la que las etiquetas dejan de tener acceso. 


Puede que, en lugar de cambiar de sexo, a lo largo de esta escalada simplemente haya perdido otra nueva esquinita de mi 
género en algún lugar entre la tierra raíz y la cumbre aire.


La compañía y las fotos son de Jordi Rovira (tu guía de Montaña), Juan Luis Blanco (Mi cuaderno nuevoSIgNO
Blanco letters) y eider elizegi.

















































28 de agosto de 2015

Volando buitre


Mis dedos sangran y piden más rasguños.
Se olvidan de los verbos
y se sueltan de los artículos para coserse a la roca,
donde se dejan las huellas dactilares.
Reventados y nadie.
Liquen.

La mochila, ligera,
incluye el embarazo sólido de mis ojos.
Revive el ecosistema autónomo del interior de la furgoneta caracol.
Musgo entre las plumas enmarañadas de mi melena.
Apenas queda más mundo del que abarcan las zapatillas rotas,
sólo el viento, sólo el río,
la luz helada que me quema
y la extensión de mi cuerpo que late en el otro extremo de la cuerda
blandiendo la anarquía irreverente y provocadora que supone
ponerse de pie sobre las cumbres de las agujas.

Liquen. 
Necesito todos los friends y fisureros que podamos reunir entre todos
para asegurar mi cuerda al calendario
o desapareceré entre las nubes volando buitre.































Foto: Ojos Pirenaicos, David Ruiz de Gopegui.










Foto: David




































9 de julio de 2015

La C eclipsada de tu nombre


La C eclipsada de tu nombre
es un cruasán de mermelada para el hambre violento de mis mañanas.
El pedestal sobre el que se alza con el brazo en alto
nuestro empeño en romper palabras travestidas que ya están rotas,
y un barquito en el que me cuelo polizón para flotar a la deriva en el tsunami de tu risa.

En la C eclipsada de tu nombre
me columpio 
sin una sola verdad con hueso que llevarme a la boca,
aspiro el humo de tu aliento
mientras tú te dedicas a bailar conquistas extraterrestres.

La C eclipsada de tu nombre
es el paraíso electrónico para el fallo de sistema que yo soy, 
la mano fuerte de tu fragilidad,
el ímpetu sólido que llevas tatuado en el beso.
El cascabel que, ante la imbecilidad del mundo (mi imbecilidad, su imbecilidad)
ríe alegrías a borbotones mientras tú, lalala laralala,
continúas cosiendo desgarros sin acritud.
Es tu adoslescencia de otoño,
es mi adicción a renacer crónicamente.

Bajo el paraguas de la C eclipsada de tu nombre
taconeamos pellizcos mientras le levantamos las faldas al asfalto
ante el rubor de las farolas apagadas del día.
Tú eres un cuerpo a medio hacer.
Yo soy un cuerpo a medio morir.
Y en el equinoccio de la C eclipsada de tu nombre, nos encontramos.

La C eclipsada de tu nombre es una espiral que se desenrolla,
tus bragas y mis bragas escondidas en el cajón de la fruta de la nevera,
la península en la que del encuentro de tu cuerpo y mi cuerpo
se despliega un abanico variopinto de personas asimétricas y error
–la mujer firme, el hombre sangrante, el marica de bíceps hiperdesarrollados,
la putita de tetas inminentes, la madre, el fumador de chupetes que llevo dentro,
una paisajista hippie y un escuadrón entero más de desviados–
y dos somos una multitud llenando la cocina, la fruta y la cama
en la que, lesbianas, jugamos a yolatengomásgrandequetú
juntas
en el ombligo de la C eclipsada de tu nombre.








































                                                       Al meu tsunami sense marc,
                                              al meu eclipse de sol en plena nit.



3 de junio de 2015

Cromatografía emocional

Cromatografía emocional sobre papel de culo (vivisección de los latidos)
o de cómo respirar lo que aparentemente es sólo negro
hasta destilar todos los colores luminosos que están contenidos en lo oscuro.












18 de mayo de 2015

Equinoccio y medio de luz


Equinoccio y medio de luz me empujan hacia el polvo de los caminos, donde su color a azahar y naranja imprime
entre mis homóplatos una fuerza que renace en la carrera. El aliento del bosque cierra los párpados y se detiene un instante;
y entonces reaparece hoja y se contrae en una sístole prolongada y apretada que impulsa mi sangre en un torbellino rápido
y nuevo. Corro. Respiro salto piedra bosque sudo cuesta tierra roca y al fondo, el mar. Corro. Y correr ya no es aquella
catarsis de abandonarse inmóvil al movimiento abstracto del cuerpo. Ya no es el ejercicio interno de diluir la piel hasta
que dentro se convierte en un pedazo de nada que se permite flotar mezclado en medio de un todo que no es.

Porque cada noche vacío todo el contenido que llena a las palabras,
me desconozco siempre.

Corro. Me desconozco ahora. Entre los rizos cándidos de mi cabellera se esconde una cresta en potencia, y correr
se convierte en un acto nuevo de imprimir disidencias en el lienzo de la piel que define todo lo otro y normal. Lengua,
manada gueto, nidos entremezclados y un tropel de policías impostores con bigotes de plástico y el pintalabios corrido.
Mi manada de zorras, mi orgullo putón y la gata oscura y celosa en la que me convierto en las noches de luna llena. Soy
un cuerpo nuevo que todavía no se sabe decir. Un cuerpo nuevo cuyas palabras permanecen en estado embrionario. Y
mientras corro, como siempre, me desconozco.





25 de febrero de 2015

La Verdad


Pobrecita La Verdad, tan grandullona, tan boba, tan carente de sutilezas.
Tan Gulliver.
Tropezó con la agilidad risueña con la que se movían a su alrededor las verdades pequeñitas, las subjetivas, las parciales
y relativas, cayó al suelo, y con el peso de sus dos enormes letras mayúsculas, ya no se pudo volver a levantar.